Balada para desencantar el tiempo Didier Mayés, aquí, ahora.
El arte es resistencia. Puede o no ser político, decorativo, apocalíptico o lanzarse como un mulo a un abismo lleno de miradas. Para mi –soy el voyeur con los ojos prestados que leen estas palabras– es resistencia. La maldita o bendita resistencia de los sobrevivientes de un mundo que tiene como fin último despedazarse. El arte es un salvavidas incendiándose. El arte es tiempo, no el artista. El artista es polvo en la balanza. El tiempo es la balanza donde tu y yo, todos y nadie nos encontramos. Somos la flor de tribulación. Mar que expira entre lágrimas, gemidos, espuma, arena, huellas. El arte es una casa en desorden, sin tiempo, sin espacio, fantasma que trasgrede, que se planta como una roca donde el ave canta antiguos colores silenciosos. El arte vence, quizás, en un instante, la entropía. El tiempo es silencio, limpio como un espejo azul. El pintor teje su red encantada desde un subterráneo donde va y viene como un topo amarillo con un cuchillo verde, por decirlo así.
Veo –no te olvides que soy yo– al pintor mezclar las ascuas entre engranes, tubos de óleo, telares y ese olor a madera de cedro que monta en los recuerdos. Es Didier Mayés que da cuerda al tiempo mientras sirve una copa de púrpura y repite sin cesar como un poseso las palabras de Jünger: «Lo mítico vendrá sin lugar a dudas, se encuentra ya en camino. Más aún, esta ya siempre ahí, y llegada la hora, emerge a la superficie como un tesoro». Luego oscurece, se apagan las luces, florece el loto del enigma. Sus personajes despiertan, inasibles, se sacuden las miradas, se visten de otros ropajes, de secreta alegría. Suceden los caprichos de un niño en un desierto donde solo existe la mordedura del azar, de la vida, una geografía donde brotan cuadros cual naipes llenos de perplejos.
La pintura es tiempo detenido y, no obstante, circula por una ruta sembrada de dudas. Son los hombres, las mujeres, pretéritos del barro que inquiere o las aves del sueño en calistenia. Es Didier Mayés que pregunta a su madre dónde ha escondido las cuerdas del amor, ¿quién abre el grifo del agua que cae, cae, cae, como un reloj que desaparece y vuelve con la luz de un nuevo día? Se abren las puertas. En la sala dos greñudos esconden las manos, tres punks, un ropavejero, los hermanos, los relajados, la doña, los fundidores, los portarretratos, vienen a levantar la barraca del arte; quizás son los glifos de la conciencia bajo la máxima: el arte resiste. Didier Mayés, resistidor. Nosotros, evidencia. Testigos de la luz. El encanto de aferrarse al color nos sobreviene entre la amargura o el desparpajo de vivir. Viene porque viene, esta ya siempre ahí. Aquí está el mazo para romper las ataduras de la carne y de los huesos.
El salvoconducto de la pintura es indestructible como el amor o como el odio. Tu dices que es la resistencia. Yo, que es una balada de Hölderlin antes del fin: Que, así, el hombre mantenga lo que de niño prometió...
Edgar Saavedra